lunes, 13 de julio de 2009

pitadas y cuadros

Existe algo dentro de mí, algo que no me dejaba tranquilo, algo que me hacía ser como era. Querer tirar todo lo que tenga a mano a la pared y ver como se destruyen en el que seria para mí un impacto sagrado.
En uno de esos momentos, que llegó a ser descontrolado y termine rompiendo un pequeño autito de un plástico blando. Mientras lo apretaba entre mis raquíticos dedos, vi un espacio en la pared que debía tener un cuadro de aproximadamente un metro por sesenta centímetros. Estaba delineado por un cambio notorio en el color de la pintura y su ausencia provocaba un desequilibrio en la pared vacía

Sonó la puerta y cuando fui a abrir estaba él parado, invitándome a dar una vuelta a la cuadra, fumar y conversar un rato.
Hace tiempo que no lo veía, algo como un mes o más. Caminando en la calle le daba besos que por el frío sacaban más humo de lo normal, intentaba no mirarlo a los ojos, para no verme reflejado en su rostro. Era algo que no quería ver, no quería verme a mi mismo reflejado en su demacrada cara.
-Oye Javier- dijo – ¿hace cuanto estas acá? –
-Como ¿tres días?... no más de cuatro- dije inseguro-

Me quito el cigarro y con una pitada larga me lo devolvió. Lo miré y imitándolo me di cuenta que no quemaba y dándome vuelta para evitar la brisa marina, que subía por las calles que al igual a los ríos desembocan en el mar de Valparaíso, prendí el cigarrillo que solo me dejaba de su ser una colilla vacía que boté en la arena y pisé con la punta de mi destrozada zapatilla.
Después del último beso, me tumbe en la arena y una alegría incontrolable me invadió completamente.
Mirábamos el mar e intentando descifrar los secretos de la profunda oscuridad que nos asolaba y distraído por la belleza de la imagen, le pregunte a Oscar la forma en que llegamos aquí y el respondió:
-cuando una mamá y un papá se quieren…-
Riéndonos de su broma dejo escapar entre dientes un –no sé, pero me gustaría saberlo-

Una hora estuvimos admirando la imagen novelesca de la playa, hasta pasadas las diez.
Al volver pasamos a comer unas empañadas donde el Maestro y comprar unas chelas.
Recorrimos casi todos los locales de la subida Ecuador. A las cinco y algo de la mañana volviendo a mi casa, tras otro cigarro y otros besos, veo ahora atónito el espacio de la pared a la que calaba un cuadro ocupado por una preciosa obra expresionista de un mar verde y rojo, con dos cuerpos, de extremidades alargadas y moribundos en la arena que contemplan el infinito, bajo un cielo gris metálico y la sombra de un muelle en el rincón inferior izquierdo.
La imagen de la pintura me asusta tanto como el encontrarme un cuadro colgado en una pared a la cual nadie tenía acceso, pero eso no es tan sorprendente como el autor del cuadro. Cuando mire la firma me percate de que con mi letra estaba escrito “Javier M.”.
¿Como mi propia firma podía estar en ese cuadro?, estaba loco, tal vez mi locura me impedía acordarme de haber pintado esa gran y aterradora obra o tal vez la estoy imaginando completamente.
Fuese lo que fuese solo salí de la casa y fume otro cigarro a pitadas largas y pausadas como fuma Oscar.

No hay comentarios: