Cuando preguntó, no le respondí, la escuché, pero no le entendí. Ella se enojó, pensó pegarme, quitarme el libro y apagar la luz. Yo pensé en ¿como las esperanzas caían una y otra ves en la misma trampa? y ¿como el cronopio de chaqueta negra escribía libros que nadie leía?
Me tocó educadamente el hombro. Esta vez más calmada, me dijo lo que durante tanto tiempo no tuvo el valor de decirme –me aburriste: Odio tus libros, tus películas, tu música, tu forma de pensar- había pensado en decirme que me odiaba a mí, directamente, pero no tuvo el valor. Yo le dije que la amaba cada vez más, vacilo unos segundos. En su cabeza se produjo un arrepentimiento y en la mía una risa estruendosa que se asomo en mi cara como una mueca de sonrisa la que paso desapercibida como un gesto de afecto y amor hacia ella.
Se fue y yo también, ella a la casa de s madre y yo al bar.
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